Las emociones son mensajes

Comprender nuestro mundo emocional es esencial para poder salir adelante en un mundo complejo y acelerado como el que nos ha tocado vivir. Hay una idea sencilla que puede ser de gran ayuda para entender cómo funcionan las emociones, y es esta: Las emociones son mensajes. Tan sencillo como esto. Bueno, no es tan sencillo.

Empecemos por el principio. Nuestro organismo nos manda mensajes con una intención constructiva. No nos manda mensajes para hacernos daño (aunque a veces lo pueda parecer), sino que intentan avisarnos de algo que puede sernos de ayuda. Para que reaccionemos, para que reevaluemos una situación, para que aprendamos de cara al futuro. Y por suerte o por desgracia, recibimos mensajes a diario. Muchos mensajes. De hecho, pensándolo bien podríamos decir que… ¡tenemos una compañía logística en toda regla, como las empresas de mensajería!

Vamos a imaginarnos cómo funciona esto de la mensajería emocional. Tenemos un chico, el mensajero. La compañía le transmite su misión de forma muy clara: “Te daremos una serie de paquetes que contienen mensajes y tienes que entregarlos a tiempo y asegurarte que su destinatario los abra y los lea. Como veamos que no cumples tu misión, te despediremos”. Lo primero que puede llamar la atención es que se le dice de forma muy rotunda que tiene que entregar el mensaje. ¿Por qué? Porque puede estar la vida de la persona en juego. Los sistemas automatizados de tu organismo no saben si tú te estás peleando con tu jefe o con un león. Te manda el miedo cuando cree que te puede ser útil o la agresividad cuando cree que es necesaria. Es decir, si esa emoción se activa es porque el sistema emocional ha detectado que esa reacción te puede ayudar en ese momento.

Y otro tema clave. Le dicen que tiene que asegurarse de que el destinatario (=tú) recibe el mensaje, es decir, que escuchas la emoción. Esto no sucede cuando nos traen un paquete de “Amazon”. En nuestro caso, recibir paquetes y no escucharlos no sirve de nada si el objetivo es prevenir problemas y ayudarnos a tomar decisiones. Sin embargo, no tenemos por qué hacerles caso, es decir, el mensajero se va contento si hemos abierto el paquete y comprendido el mensaje. Luego podemos seguir el mensaje o no, al fin y al cabo las emociones también se equivocan, y no pocas veces.

En resumen, el mensajero tiene una motivación bastante alta para que nosotros recibamos los mensajes, y por tanto, los paquetes. Y al principio viene relajado, con una sonrisa. No tiene por qué desconfiar. Según el día, nos trae paquetes con un envoltorio de color rojo o azul, no es muy difícil imaginar lo que significa cada color. Mientras nos llegan una gran mayoría de paquetes azules, todo va como la seda. Recibimos al mensajero con ilusión, corremos a abrir la puerta, y escuchamos todos los mensajes en el quicio de la puerta. Después, a veces, nos tomamos algo con el mensajero en nuestro salón. Estamos encantados con él porque le consideramos en parte responsable, aunque no lo sea, de todas las buenas noticias que nos trae.

Todo cambia, por desgracia, cuando en una época complicada empiezan a llegarnos paquetes rojos en grandes cantidades. Al principio, bajamos y abrimos al mensajero con pereza, pero bajamos. Al poco empezamos a protestar. Y a las pocas semanas, cuando desde la planta de arriba vemos llegar al mensajero con muchos paquetes rojos pensamos: “¡Cuántas cosas tengo que hacer, ya bajaré después!”. El mensajero, sorprendido, empieza a llamar al timbre. Y nosotros respondemos poniendo la música un poco más alta. El mensajero, deja los paquetes en la puerta, esperando que bajarás después a por ellos. Pero al día siguiente ve que siguen ahí. Y además trae nuevos paquetes. La mayoría rojos, por supuesto. Es lo que le encargan, él no tiene la culpa, y no olvidemos, se está jugando su puesto de trabajo. Al principio llama insistentemente y nada más; pero según pasan los días, llamará más y más fuerte. ¿Y eso qué quiere decir? Fácil, nuestras reacciones emocionales se vuelven más intensas cuanto más tiempo llevemos evitándolas.

Cuando el mensajero ve que nadie responde en varias semanas, empezará a hacer visitas por la noche, suponiendo que en ese caso no hay excusas para no abrir la puerta. Nadie está tan ocupado de noche. Y esto se traduce en pesadillas y otras alteraciones del sueño.

Y esto es sólo el principio. Este mensajero tiene muchos recursos y si aporreando la puerta no consigue su objetivo, en un momento de desesperación intentará tirar la puerta abajo. Si un día, lo consigue, parecerá que todo explota en el momento menos pensado. Y perderemos el control, es decir, sufriremos un súbito desbordamiento que podría acabar en un ataque de pánico. Pero si sois previsores, habréis atrancado bien la puerta para evitar que el mensajero la tire abajo. Esto genera otro problema adicional, al bloquear la puerta evitamos los molestos paquetes rojos, pero dejamos de recibir también paquetes azules. Adiós a las emociones agradables. Y eso implica menos disfrute, menos ilusión, y menos energía.

Nuestro mensajero no ceja en su empeño de entregar los paquetes pendientes. ¿Qué intentará ahora? Por ejemplo, tratar de colar por la ventana de arriba los paquetes atados a piedras. En la vida real, estos son los pensamientos automáticos o pensamientos rumiativos, pegajosos, de esos que no se van fácilmente. Y si aun así seguimos sin dignarnos a bajar a abrir -algo que empieza a ser comprensible dado que se puede intuir que el reencuentro con el mensajero va a ser muy áspero-, éste empezará a usar técnicas más agresivas (taladradoras, gases lacrimógenos, cortar la luz, etc.). Esto son las cosas que sentimos físicamente. Ese dolor de tripa, esa dermatitis, esa contractura… ¿de dónde vienen? Pues ya lo sabes, es el mensajero.

Y hay que recordar algo muy importante. Como apuntábamos antes, el mensajero no te exige que te comportes de acuerdo a la emoción, que es lo que muchas veces nos preocupa: “Es que si abro la agresividad verás cómo al final acabo haciendo cosas de las que me arrepiento”. Quizá eso te haya pasado pero no funciona así: el mensajero quiere que abras el paquete y entiendas lo que dice, aunque luego tú decidas actuar de una forma diferente. Lo importante es recoger el mensaje, y entenderlo, pero no es necesario asumir lo que dice.

En resumen, este mensajero puede estar alegre y tener una relación muy buena con nosotros o puede tener una relación horrible, de absoluto conflicto. Cuanto mejor es esa relación, cuando el mensajero es siempre bienvenido y se encuentra la puerta abierta, las emociones van a ser mucho menos dañinas, incluso hasta suaves.

Hace más de 10 años que cuento esta metáfora en clase todos los años (ya es la famosa metáfora del mensajero) y siempre acabo la clase sobre este tema preguntando lo siguiente: Cada uno de nosotros sabe perfectamente cómo es su relación con el mensajero. En tu caso, si 0 es muy buena y 10 es muy mala ¿cuánto puntuarías?

Gonzalo Hervás-Universidad Complutense de Madrid

Esta metáfora pertence a un programa de regulación emocional que se está validando en la UCM. Puedes usar esta metáfora, siempre y cuando cites la fuente [Hervás, G. (2012). Programa de entrenamiento en regulación emocional óptima. Universidad Complutense de Madrid]. Si quieres ver un artículo con dibujos sobre esta misma metáfora de un excelente exalumno (José Serrano), haz click aquí: https://www.areahumana.es/autocontrol-emocional/

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