La culpa también se equivoca

La culpa es una emoción difícil. A veces es pegajosa. Otras puede ser muy afilada. Sin embargo, aunque lo parezca, no tiene ninguna intención de hacernos daño de forma gratuita. Es vehemente porque tiene una misión esencial para nuestra supervivencia: evitar que hagamos daño a los demás, o evitar hacer algo incorrecto, algo moralmente rechazable (Al menos según las normas de la propia persona o de su cultura). Para evitar eso, la culpa sacará toda su artillería, a veces incluso antes de que se cometa el acto, para tratar de evitarlo. Si llega tarde, surgirá con más fuerza aún, y sentiremos cómo nos pide explicaciones. Nos daremos cuenta rápido porque nos generará molestias corporales -quizá en la boca del estómago-, orientará nuestra atención hacia lo sucedido para evaluar qué papel hemos jugado y si somos realmente responsables, sentiremos malestar con nosotros mismos, sentiremos una cierta angustia junto con deseos de arreglarlo, y sentiremos que el resto de cosas positivas pasan a un segundo plano.

En resumen, la culpa es una emoción que nos focaliza en nosotros mismos y en la evaluación de nuestras acciones. O de nuestras “omisiones”, ya que lo que no hemos hecho y deberíamos haber hecho, también puede generar culpa igualmente. Como el resto de emociones, la culpa nos moviliza hacia la acción. En este caso tratando de activar comportamientos de reparación y arrepentimiento público. Por desgracia, la reparación no siempre es posible. Pero hay algo más para lo que la culpa se activa y que va más allá de reparar y consolar: generar un aprendizaje. Si no podemos ir para atrás en el tiempo ni podemos compensar lo sucedido, lo más importante será que nos aseguremos de no cometer el mismo error en el futuro.

La culpa no es un juez

Pero enfrentarnos a una experiencia de culpa no es nada fácil. Por ejemplo, un error frecuente es asumir que la culpa nos está atacando, como si nos estuviera juzgando y condenando. Peor aún, algunas personas sienten como si la culpa les pusiera la etiqueta de “malas personas”. En realidad, la culpa, como el resto de emociones, se parece más a un mensajero que a un juez. Lo que quiere es que comprendamos bien el mensaje y actuemos si es posible, y si es necesario. Pero su intención no es dañarnos ni estigmatizarnos.

Esta forma particular de vivir la culpa como una acusación severa e implacable procede en muchos casos de cómo nos han transmitido la culpa cuando éramos niños. Lo que hemos oído en boca de otros cuando sentíamos una culpa intensa. Si tras hacer alguna trastada, alguien nos acusó de ser malos, y nos sentimos juzgados y rechazados, será más probable que nuestra interpretación de la culpa sea más negativa. Sin embargo, aunque a veces pareciera “gritarnos” cuando es intensa, la culpa no supone un ataque sino una ayuda. Y esto es lo que no se debe perder nunca de vista.  

La culpa se puede equivocar

Otro error frecuente es creer que la culpa siempre acierta en su diagnóstico. Las emociones son más avisos que certezas. Y por tanto, el hecho de irrumpir ante una situación puede ser sencillamente fruto de un error de cálculo de nuestro sistema de activación emocional. Las emociones se generan por un complejo sistema que entrelaza análisis automáticos con otros más conscientes y deliberados. A veces los procesos automáticos pueden activar la culpa sin que nos haya dado tiempo a valorar nuestro papel en la situación. Precisamente para que no nos olvidemos de analizar si hemos roto una norma, o si por ejemplo, hemos dañado a otra persona. Imaginémonos que un niño tiene un accidente grave en un parque. Lo normal es que se active una emoción de culpa en los padres o el cuidador. En algunos casos, esa culpa más “automática” se verá corroborada tras un análisis más sosegado (=”no le debí dejar jugar con niños tan mayores”) y en otros casos, imaginemos que la causa del accidente no tenga que ver en absoluto con los padres (=columpio en mal estado), puede que la persona se cuestione si esa culpa tiene sentido realmente. Las emociones también se equivocan, incluso la culpa. Y los que tienen claro esto, reaccionan mejor ante el estrés y ante otras situaciones negativas. Luego volveremos a esto.

Imaginemos ahora dos escenarios diferentes. Aunque habría muchos escenarios intermedios, nos centraremos en dos escenarios extremos para comprender bien todo el rango.

Cuando la culpa es procedente

Imaginemos que el niño tiene un accidente grave jugando con niños más mayores tras un choque fortuito con uno de ellos. Antes, alguien había hecho un comentario acerca de los riesgos de jugar con niños tan mayores. La situación es grave, y podría haberse evitado. En conjunto, podríamos decir que la culpa es procedente. Es decir, cuando alguien se siente culpable porque valoró erróneamente una situación, no tuvo en cuenta algo importante, la culpa nos avisará para tratar de remediar lo sucedido (p.ej., llevar rápido al niño al hospital), y aprender de cara al futuro. Como se puede ver, nada de condenas ni de acusaciones. Eso sí, a nivel psicológico la persona vivirá con dolor la culpa, y lo más funcional será aceptar plenamente esta experiencia dolorosa. Esto implica una apertura mental y corporal que permita que esos sentimientos puedan aparecer sin oponer resistencia. Dependiendo de la intensidad de la situación, los sentimientos seguirán saliendo, si tienen vía libre, a lo largo de los días o semanas siguientes. Esto no quiere decir que uno tenga que estar volcado en ellos día y noche. Esto sería disfuncional y podría dar lugar a preguntas sin respuesta, rumiaciones constantes, y pensamientos distorsionados. Más bien, lo recomendable sería dejar algunos espacios para dejar salir esa culpa -quizá una vez al día al principio- para que estos sentimientos puedan drenarse (=procesamiento emocional).

Pero esto no es suficiente. A veces es conveniente expresar esa culpa y arrepentimiento a nuestro entorno cercano ya que esa es una de las funciones de las emociones, transmitir a los demás lo que pasa por dentro. Por útimo, se debería analizar bien el porqué del error, comprender bien las consecuencias que ha tenido, y generar un aprendizaje o un compromiso con uno mismo para no cometer ese error u otros parecidos.

En algunas situaciones, cuando no es posible reparar el daño causado, hacer una reparación simbólica puede ser útil: por ejemplo prevenir que eso le suceda a otras personas. Esto sucede a veces en casos de adicciones. Recuerdo por ejemplo a una persona que tras recuperarse totalmente de su adicción al juego sentía que había hecho mucho daño a su familia y arrastraba cierto sentimiento de culpa aún pasados varios años. Alguno de esos familiares había fallecido antes de su recuperación. Además de mejorar su funcionamiento emocional en general, su opción fue ofrecer charlas gratuitas en colegios para prevenir que otras familias pudieran pasar por lo mismo. Su culpa finalmente desapareció.

Cuando la culpa es falsa alarma

Vayamos a un segundo escenario: el accidente se produce porque el columpio estaba en mal estado. En este caso la culpa puede activarse con una intensidad alta también. Lo que determina la intensidad de nuestra reacción emocional no siempre es nuestro grado de participación o de responsabilidad, que también, sino la gravedad de las consecuencias. Como las consecuencias son graves, la reacción de culpa será intensa y duradera. Sin embargo, estaríamos ante una falsa alarma de nuestro sistema emocional. Y este sería un ejemplo de que la culpa, como el resto de emociones, no debe ser entendida como una certeza sino como un aviso que debe ser contrastado. Pero vamos a ver que no es tan fácil afrontar esta situación. Vamos a analizar tres posibles formas de reacción ante esta situación:

(a) Ignorar la culpa completamente. Es decir, tratar de pasar página tras ver que no podemos hacer nada. Anticipamos el dolor y lo evitamos. Aunque esto puede funcionar a corto plazo, generará problemas a medio plazo en forma de nerviosismo, estado de ánimo inestable o bajo, pensamientos recurrentes sobre la situación. Y en el peor de los casos, pesadillas, ansiedad, etc.

(b) Creer que es verdad lo que nos dice sin analizar más: “¡He hecho algo mal que ha generado mucho daño! ¡y no tiene solución!”. En este caso es habitual dar vueltas a lo sucedido, a veces atribuyéndonos a posteriori la culpa por razones “inventadas” para dar sentido a la culpa (“Si no hubiera ido al parque ese día”; “Si hubiera estado más cerca podría haberle cogido antes de la caída” “Si me hubiera fijado que había un tornillo suelto, nada habría pasado”).

(c) Creer que no tiene sentido sentirse culpable en esa situación porque lo sucedido no se podía prever y tratar de suprimir la reacción porque no tiene sentido. Como casi toda supresión ante emociones intensas, dará lugar a un efecto rebote. El resultado es que se perpetúa la reacción de culpa hasta que la persona se cansa de luchar y pasa al escenario (a) o (b).

Pero entonces, ¿cómo afrontar una reacción intensa de culpa cuando no somos responsables del malestar de la otra persona (y no hemos roto ninguna norma moral)?

Al ser falsa alarma, no hay nada específico que aprender. Especialmente si el daño generado es por mala suerte o factores extremadamente poco frecuentes. Pero aún así, la emoción sigue ahí. La solución más adaptativa es la menos lógica: no hacer nada. No tratar de controlarla ni rechazarla aunque sepamos que es una falsa alarma. Dejar que esté con nosotros, cumpliendo su función, que es animarnos a volver a repensar la situación. Aparecerá unos cuantos días o semanas, volveremos a analizar y llegaremos, si nuestro análisis inicial era correcto, a la misma conclusión. Es decir, lo más difícil es combinar dos estrategias aparentemente contrapuestas: Aceptar la culpa sin rechazarla, no oponer resistencia a ella cada vez que quiera salir, y en segundo lugar, tratar de analizar con objetividad la situación, para concluir una y otra vez que estamos ante una falsa alarma.

Como apuntábamos al principio, en muchas ocasiones la culpa no es ni una falsa alarma del todo, ni un mensaje totalmente procedente. En esas situaciones hay que reflexionar sobre el resto de posibles causas de la situación para analizar si la intensidad de la culpa se corresponde con nuestra parte de responsabilidad. Y una vez hecho eso, proceder con la parte de culpa que sí es adecuada, reparando y aprendiendo, tal como se describía en la primera parte.

Conclusión

La culpa es una emoción compleja, a veces difícil de entender y de manejar, que aparece en situaciones en las cuales alguien ha resultado dañado o en las que hemos podido romper alguna norma moral. En este artículo hemos profundizado en dos aspectos clave que pueden complicar la experiencia de culpa: interpretar la culpa como un juicio o una condena, y asumir que la culpa se activa siempre que somos responsables de algo (cuando no es así).

Pero no hay que olvidar su importancia en muchas situaciones: cuando todo funciona de forma adecuada, nos moviliza para detener un comportamiento dañino, reconocer el error, repararlo si es posible, y lo que muchas veces se olvida, consolidar un aprendizaje. La culpa no está ahí para amargarnos la vida, sino para algo mucho más importante: ayudarnos a evitar que se la amarguemos a los que nos rodean.

Gonzalo Hervás – Universidad Complutense de Madrid

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